
En la última década del siglo XIX el cartógrafo inglés Charles Booth publicó su “mapa de la pobreza de Londres”. Era la primera vez que un mapa incorporaba una combinación de aspectos cuantitativos y cualitativos con el fin de conseguir una mayor difusión. Utilizando una escala de colores, el mapa de Booth presentaba la ciudad de Londres dividida en siete colores, desde el negro en el que se ubicaba la clase más baja (viciosos y semi-criminales) hasta el amarillo de la clase media-alta y alta (los adinerados). Aunque la simpleza del análisis de los mapas de Booth era tendenciosa, estigmatizando algunos sectores de la ciudad, también llamó la atención de las autoridades locales sobre los problemas existentes y sobre lo que debía ser prioritario en la acción pública.
Charles Booth fue también el primero en popularizar la idea de una “línea de pobreza” (o umbral de pobreza), como la cantidad económica diaria mínima para el sustento de una familia. Precisamente, la primera meta del “Fin de la pobreza” (primer Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas) se plantea para 2030: “erradicar la pobreza extrema para todas las personas en el mundo, actualmente medida por un ingreso por persona inferior a 1,25 dólares al día”. Para después del Coronavirus, y ante tanta filantropía de «los adinerados» que diría Booth, tal vez ha llegado el momento de encontrar un consenso mundial para crear una “línea de riqueza”, o sea, un umbral que también nos permita, entre todos/as, erradicar la extrema riqueza.